Las recientes alertas del ministro de Defensa de Trinidad y Tobago, Wayne Sturge, sobre la creciente presencia del Tren de Aragua en el crimen organizado local, van mucho más allá de una simple preocupación de seguridad interna. Para analistas geopolíticos, esta situación es un claro síntoma de la guerra asimétrica que desangra América Latina: la erosión de Estados soberanos a través de redes criminales transnacionales.

El Tren de Aragua, una organización nacida y fortalecida en las cárceles venezolanas con la aparente anuencia del régimen chavista, no es una pandilla común. Se ha transformado en una estructura paramafiosa híbrida, una suerte de brazo informal al servicio del Estado venezolano. Sus vínculos con cárteles mexicanos, disidencias de las FARC y redes de trata de personas le otorgan un poder y un alcance aterradores. Su expansión a países como Colombia, Perú, Chile, Ecuador y ahora Trinidad y Tobago, obedece a una estrategia calculada: proyectar caos, ganar control territorial y cooptar instituciones débiles mediante el miedo y la corrupción.
Guerra Asimétrica: Armas invisibles, daño real
En el siglo XXI, las guerras no siempre se libran con tanques y misiles. La guerra asimétrica se manifiesta a través de operaciones encubiertas, la infiltración criminal, la instrumentalización de la migración, la desinformación y la progresiva descomposición institucional. Es en este sombrío tablero donde las palabras del ministro Sturge cobran un sentido más profundo. La violencia que azota Trinidad y Tobago no es un fenómeno espontáneo o puramente doméstico; es, potencialmente, parte de un plan más vasto que trasciende sus fronteras.
Sturge, al describir al Tren de Aragua como un grupo «que no quiere llamar cártel, pero en esencia actúa como tal», quizás subestima la naturaleza estratégica del adversario. No es solo crimen organizado. Es una estructura mercenaria funcional a intereses estatales autoritarios, en particular los del régimen de Nicolás Maduro, que parece encontrar en el caos regional una estrategia de supervivencia y expansión de influencia.
Desestabilización como estrategia de poder regional
El caso de Trinidad y Tobago es especialmente sensible. Su proximidad geográfica a Venezuela y su posición estratégica en el Caribe la convierten en un blanco ideal para operaciones de penetración silenciosa. La presencia de estas redes criminales venezolanas en su territorio podría perseguir múltiples objetivos para el régimen de Maduro:
- Exportar su propia crisis interna, aliviando la presión social dentro de Venezuela.
- Disuadir la presión internacional generando inestabilidad y caos en los países vecinos.
- Desarrollar economías ilegales regionales que sirvan como fuente de financiación y sostén para su propio poder.
- Construir un corredor de alianzas con actores corruptos o cooptables en toda la región caribeña.
Cuando el ministro Sturge habla de un «nuevo nivel de violencia» y de una «fuga de poder en el sistema penitenciario» que dificulta el control de los líderes criminales tras las rejas, está describiendo un escenario que sugiere que Trinidad y Tobago podría estar convirtiéndose, sin saberlo, en un teatro de operaciones de una guerra no declarada. Una guerra donde el enemigo no usa tanques, sino contenedores llenos de drogas, redes de trata, sicarios y celulares desde la prisión.
El régimen de Maduro ha sido ampliamente denunciado por transformar a Venezuela en un narcoestado funcional, donde el aparato estatal, militar y judicial supuestamente colabora o tolera el narcotráfico, el lavado de dinero y la trata de personas. En este contexto, el Tren de Aragua actuaría como un brazo armado informal que extiende esa lógica hacia el exterior.
La Lógica del «Narcoestado Exportable»
La denuncia de Sturge sobre la corrupción en los puertos de entrada y la obstrucción en el uso de escáneres es un eco de la captura institucional progresiva, una táctica distintiva de las redes criminales híbridas. La estrategia no es una invasión militar, sino una infiltración silenciosa para corromper y controlar nodos críticos: cárceles, puertos, fronteras y cuerpos policiales.
Trinidad y Tobago se encuentra en una encrucijada. Es imperativo que reconozca que no enfrenta una simple escalada criminal, sino una amenaza asimétrica y transnacional que exige una estrategia integral y coordinada a nivel regional e internacional. La solicitud de «paciencia» a la población, aunque comprensible, resulta insuficiente frente a la magnitud del desafío. Se requiere una acción decisiva y urgente.
Lo que está en juego no es solo la seguridad pública, sino la soberanía y la estabilidad institucional de la nación. En este nuevo tipo de guerra, los enemigos no usan uniformes ni disparan desde trincheras, pero avanzan cada día, barrio a barrio, contenedor a contenedor, prisión a prisión. Y lo hacen, a menudo, bajo la sombra de un régimen que desde Caracas sigue proyectando su caos hacia el exterior como una herramienta de poder.
Ver las declaraciones del Ministro de la Defensa de Trinidad Tobago, Wayne Sturge en el reporte de Shastri Boodan.